Mi maceta
En mi nueva casa tengo una maceta con tierra.
Le voy tirando cosas que me sobran:
Hoy a la mañana le puse los cereales que quemé sin querer al tostarlos al fuego y descuidarme. Recién le añadí unas ramitas de ciprés que había puesto en un recipiente de vidrio para decorar la mesa, y el agua combinada de dos termos que quería vaciar.
Ocasionalmente también le tiro los restos secos de las plantas que tiene alrededor, y le llevo los diminutos cuerpos sin vida de los bichos que vienen a morir dignamente en la cocina, cerca de los fogones.
El otro día le puse una piel de papaya con sus semillas, todo bien dobladito, pulcro, casi como si fuese una empanada con su repulgue.
Mi maceta con tierra recibe todo eso de lo que yo necesito desprenderme y que sin embargo es demasiado valioso para ser entregado fríamente a un tacho de basura.
Cada vez que le doy de comer a mi maceta cultivo también la convicción de que de esa tierra hecha de desechos va a brotar algo hermoso algún día, maravillosos seres de clorofila que serán capaces de usar la radiación solar para engordarse de celulosa y expandirse en la dirección que necesiten (eso de que crecer siempre es hacia arriba...).
Hay una maceta cercana que está habitada principalmente por un hermoso cactus bajito de un color verde oscuro y muy vivo. Este ser rechoncho saca cada tanto unos largos tallos que se elevan a casi el doble de su altura, y que culminan en unas efímeras flores blancas que se abren para dejar resplandecer sus largos pétalos durante apenas unas horas. Después se cierran y se dejan caer, flácidas, sobre la tierra.
Aprendo mucho conviviendo con plantas.
En la tierra de la maceta del cactus rechoncho había nacido una verdolaga pequeñísima, y para que no se generase un conflicto de convivencia, decidí asignarle su propia maceta, y la trasplanté. Le debe haber gustado la mudanza, porque fue creciendo y estirando sus danzarines tallos con hojas carnosas por todas partes. Algunos tallos incluso cuelgan por fuera de los confines de la circunferencia de la maceta, pero ella es cautelosa: evita crecer de más para no caer al suelo.
Ahora (según una voz impersonal que susurra entre renglones) me tocaría compartir una meditada reflexión para hilar todo esto que cuento y vincularlo a algún aspecto de mi vida o de la vida de otros, o a algún patrón psicológico fácilmente identificable, y así seguir con esa línea de introspección que durante años ha estado presente en mis textos.
Pero hoy sólo quiero hablar de mi maceta con tierra y de mis plantas, y de cuánto las quiero, y de la bella compañía que me hacen. Gracias, plantitas.
